Las abuelas, condescendientes
por naturaleza, son más permisivas y mimosas de lo que las madres suelen ser,
eso demuestra que en algún punto de su existencia asimilaron que la
independencia de los hijos es un acto inevitable; por otro lado los abuelos, se
permiten demostraciones de afecto con los nietos que con los hijos no lograron,
aprendiendo con ello que el tiempo se encarga de ablandar cualquier dureza que
tenga el alma.
Me viene a la mente Antonio,
el mayor de mis sobrinos, a quien tan sólo le llevo tres años y quien fuera una
especie de hermano menor en mi infancia, compartiendo con él entrañables
periodos vacacionales y a quien mis padres le prodigaron un especial cariño. Él
siempre supo en los momentos más difíciles de su juventud, refugiarse en la
casa de sus abuelos y torear cualquier situación por difícil que fuera: el
rompimiento con su papá por no haber aprobado el examen de admisión al CBETIS y
su negativa a convertirse en el ingeniero que mi cuñado nunca logró ser, y poco
después, enfrontar su responsabilidad para ser un joven padre. En ambos
momentos, Antonio fue a buscar el refugio y el consejo en los la casa de los
abuelos, y el gran ser humano y padre de cinco hermosas niñas que hoy es,
seguramente tiene que ver con la templanza que encontró en los consejos de su
abuela, mi madre, esa mujer que con pocas palabras te puede mostrar el camino y
la manera para enfrentar cualquier situación.
Tal vez no todas las abuelas
tengan la paciencia y el tiempo para compartir con sus nietos sus vivencias,
pero un buen consejo siempre es posible de encontrar en ellas, porque en el
camino de la vida, han hecho sus estaciones de reflexión y tejido con el punto
justo la enmendadura de sus errores y aprendido de ellos e incluso de los de
otros, y sí, todos cometemos errores, pero los sabios los admiten y aprenden de
ellos. Por eso, las abuelas tienen un recetario especializado de buenos
consejos para cualquier situación, a veces van acompañados de una buena taza de
té o un rato alrededor de un café, con ellas podemos sentir que los refranes
tienen sentido, porque saben cuándo y dónde aplicarlos, tal y como lo hacen con
sus pomadas, yerbas y ungüentos, ya te dirán en la mesa cuando lloras de amor
“come hijo, que las penas con pan son menos”, te darán sosiego en los momentos
más acelerados con el clásico “no por mucho madrugar amanece más temprano”, o
te jalarán las orejas al son de “quien anda en malos pasos, en uno queda
atascado”, o tal vez el regaño llegue al tono de “come gato sardina, que ya
cagarás la espina”, lo que sí es seguro, es que siempre sus palabras estarán
cargadas de absoluto cariño, y su perspectiva de las situaciones, por muy
difíciles que sean, tiene un punto justo de vista.
En una época como esta, cuando
los valores humanos básicos están tan
comprometidos por incidentes tan horrendos como los que hemos vivido en los
últimos años, hace falta voltear a la figura serena de las abuelas, hacer de
sus dichos y saberes un punto de reflexión y atender a sus sabias palabras, no
por nada el dicho “ese no tiene abuela”, describe a gente sin escrúpulos e
irreflexiva.
Publicado en la revista "Arteria Visual" # 11 de Enero de 2015 en la sección "Consejos de la abuela"
Publicado en la revista "Arteria Visual" # 11 de Enero de 2015 en la sección "Consejos de la abuela"