sábado, 14 de febrero de 2015

Vida en común, compromiso o contrato

Compartir la vida con otro es una decisión tomada por dos personas en un momento en que se está convencido de que hay un fuerte vínculo emocional generalmente llamado amor. Todavía hasta hace poco, resultaba impensable y casi vergonzoso que en una casa que se preciara de ser “decente”, hubiera algún miembro – más aún, si fuera del sexo femenino- que se atreviera a “dar el mal paso” de irse a vivir en “unión libre” con el novio. En el trascurso de los últimos veinte años, esta visión se ha ido relajando e inclusive se puede decir que hasta se ha polarizado en un sentido casi opuesto, de gente que es vista como bicho raro cuando deciden hacer un vínculo matrimonial con base en las “tres leyes” (civil, religiosa y esa que está usted pensando).

Más allá de si las convencionalidades, como la de ejercer un contrato social que conlleva beneficios legales y que se asumen como un bien común, las nuevas generaciones se plantean el hecho de asumir la responsabilidad de llevar su convivencia diaria con otra persona al plano del interés de sólo ellos dos, y que es algo que sólo incumbe a los interesados, y sólo ellos tendrán la capacidad de decidir cuándo, cómo y hasta dónde habrán de llevar una relación en la que se pondera sobre todo, las voluntades de la pareja interesada y nadie más: ni los padres que tengan la ilusión de ver a su nena llegar al altar “de blanco” de “guardarse virgen para su esposo”, del padrino que quiera hacer la “gran pachanga”, ni el “qué dirán nuestras amistades”.

No se puede negar que los usos y costumbres de los núcleos familiares son en México un eje de acción para la mayoría, pero cada vez importa menos si al momento de casarse la pareja ya ha convivido sexualmente y el resto de la sociedad lo sabe, así como también va creciendo una óptica y/o un significado diferente al sentido de la palabra COMPROMISO. Sea como sea, el fin de un “matrimonio” es la decisión de dos personas de distinto o del mismo sexo, por compartir un espacio en donde se convive, se crea y genera una dinámica donde el motor (se supone) es el amor. Cada quien tendrá su propia historia por contar, y se llamarán como quiera usted, casados, amasiados, divorciados, separados, arrejuntados, novios, amigovios, pareja, compañero/a o lo que sea, pero son sólo dos en común acuerdo…, bueno, al menos eso es lo que se cree, pues nunca falta un tercero en discordia…, ¿o tanto han cambiado las cosas que ya es en concordia?


Publicado en la revista "Arteria Visual" # 12 de  Febrero de 2015

jueves, 8 de enero de 2015

La voz de la experiencia

Las abuelas, condescendientes por naturaleza, son más permisivas y mimosas de lo que las madres suelen ser, eso demuestra que en algún punto de su existencia asimilaron que la independencia de los hijos es un acto inevitable; por otro lado los abuelos, se permiten demostraciones de afecto con los nietos que con los hijos no lograron, aprendiendo con ello que el tiempo se encarga de ablandar cualquier dureza que tenga el alma.
Me viene a la mente Antonio, el mayor de mis sobrinos, a quien tan sólo le llevo tres años y quien fuera una especie de hermano menor en mi infancia, compartiendo con él entrañables periodos vacacionales y a quien mis padres le prodigaron un especial cariño. Él siempre supo en los momentos más difíciles de su juventud, refugiarse en la casa de sus abuelos y torear cualquier situación por difícil que fuera: el rompimiento con su papá por no haber aprobado el examen de admisión al CBETIS y su negativa a convertirse en el ingeniero que mi cuñado nunca logró ser, y poco después, enfrontar su responsabilidad para ser un joven padre. En ambos momentos, Antonio fue a buscar el refugio y el consejo en los la casa de los abuelos, y el gran ser humano y padre de cinco hermosas niñas que hoy es, seguramente tiene que ver con la templanza que encontró en los consejos de su abuela, mi madre, esa mujer que con pocas palabras te puede mostrar el camino y la manera para enfrentar cualquier situación.

Tal vez no todas las abuelas tengan la paciencia y el tiempo para compartir con sus nietos sus vivencias, pero un buen consejo siempre es posible de encontrar en ellas, porque en el camino de la vida, han hecho sus estaciones de reflexión y tejido con el punto justo la enmendadura de sus errores y aprendido de ellos e incluso de los de otros, y sí, todos cometemos errores, pero los sabios los admiten y aprenden de ellos. Por eso, las abuelas tienen un recetario especializado de buenos consejos para cualquier situación, a veces van acompañados de una buena taza de té o un rato alrededor de un café, con ellas podemos sentir que los refranes tienen sentido, porque saben cuándo y dónde aplicarlos, tal y como lo hacen con sus pomadas, yerbas y ungüentos, ya te dirán en la mesa cuando lloras de amor “come hijo, que las penas con pan son menos”, te darán sosiego en los momentos más acelerados con el clásico “no por mucho madrugar amanece más temprano”, o te jalarán las orejas al son de “quien anda en malos pasos, en uno queda atascado”, o tal vez el regaño llegue al tono de “come gato sardina, que ya cagarás la espina”, lo que sí es seguro, es que siempre sus palabras estarán cargadas de absoluto cariño, y su perspectiva de las situaciones, por muy difíciles que sean, tiene un punto justo de vista.

En una época como esta, cuando los valores humanos básicos  están tan comprometidos por incidentes tan horrendos como los que hemos vivido en los últimos años, hace falta voltear a la figura serena de las abuelas, hacer de sus dichos y saberes un punto de reflexión y atender a sus sabias palabras, no por nada el dicho “ese no tiene abuela”, describe a gente sin escrúpulos e irreflexiva.

Publicado en la revista "Arteria Visual" # 11 de Enero de 2015 en la sección "Consejos de la abuela"